viernes, 7 de mayo de 2010

Encuentran en Florida el grabado más antiguo de América

Reconstrucción de un mastodonte.


Fósil con tallado de un mastodonte podría ser anterior en miles de años a Stonehenge y a las pirámides de Egipto.

Un fósil con un pequeño dibujo de un mastodonte, hallado en el estado de Florida, Estados Unidos, y grabado hace unos 13.000 años, puede ser la pieza de arte más antigua conocida del continente americano.

Según informó hoy el periódico Miami Herald, un equipo de científicos de la Universidad de Florida cree que la pequeña talla en el fragmento de hueso es auténtica, ya que las pruebas realizadas hasta ahora no indicaron indicios de falsificación.

De ser auténtica, la talla podría ser anterior en miles de años a Stonehenge, el círculo de grandes bloques de piedra más famoso del Neolítico, en Inglaterra, y a las pirámides de Egipto.

Además "ofrecería evidencia de que Florida estuvo habitada por seres humanos durante la última Edad de Hielo, junto a mamíferos ahora extinguidos, como el mastodonte, el mamut y el tigre de dientes de sable", apuntó el Miami Herald.

La obra de arte pertenece a James Kennedy, de 39 años, un coleccionista aficionado de fósiles que planea venderlo en una subasta, en lugar de donarlo a un museo.

Kennedy reveló haber encontrado la pieza cerca del sitio arqueológico "Vero Man", en Vero Beach, al sur del aeropuerto de la ciudad.

Fuente: ANSA. 10 de Abril de 2010.

Científicos descifrarán la verdadera historia de los chono

Descendientes de los chonos, en el sur de Chile.


De los tres pueblos canoeros que poblaron el extremo sur, fueron los primeros en extinguirse. Expertos buscarán descifrar sus secretos a través de su DNA para saber si se trataba de un grupo étnico diferenciado, distinto al kawésqar y yámana o si fueron el resultado de una expansión tardía de los huilliches de Chiloé.

“La jente que hai en esta ensenada susodicha, son indios pescadores de mediano cuerpo i mal proporcionados. No tienen sementeras; mantiénense de pescado, i marisco, i lobos marinos que matan; i comen la carne de los lobos y pescado crudo, o aves cuando las matan, i otras veces las asan. No tienen ollas, ni otras vasijas; ni se ha hallado sal entre ellos. Son mui salvajes i sin razón. Andan vestidos de los cueros de los lobos i de otros animales, con que se cubren las espaldas, y caen hasta las rodillas, i una correa que les atan por el pescuezo… Traen sus vergüenzas de fuera sin ninguna cobertura. Son de grandes fuerzas”. Así describía Juan Ladrillero, un español que llegó a Chile junto con García Hurtado de Mendoza, al pueblo chono.

Se sabe que este pueblo habitó las costas sureñas de nuestro país en la época prehispánica y que tal como lo señaló Ladrillero, vivían de la pesca, recolección de moluscos y la caza de lobos marinos. Pero eso es sólo una descripción general porque hay muchos antecedentes que aún se desconocen. De hecho, existen algunos historiadores que señalan que en realidad estos nómades no constituyeron un pueblo como tal sino que serían el resultado de una expansión tardía de las poblaciones agroalfareras huilliches de Chiloé sobre las poblaciones kawésqar.

Por lo mismo, un equipo multidisciplinario de científicos de la Universidad de Chile analizarán el DNA mitocondrial y reevaluarán la data antropológica de sus restos para determinar si fueron una entidad poblacional específica o el resultado de la expansión territorial huilliche.

La investigación -“Estudio de DNA mitocondrial de los habitantes del extremo septentrional de los canales patagónicos: Una aproximación al mundo chono desde la antropología molecular y la reevaluación de la data antropológica y arqueológica”- es financiada por Fondecyt y participan expertos de antropología física y genética de la casa de Bello.

El académico del Programa de Genética Humana del Instituto de Ciencias Biomédicas de la U. de Chile, doctor Mauricio Moraga, explicó que de las tres poblaciones de nómades del mar que describen los cronistas (chono, kawésqar y yámana), “éstos son los primeros en desaparecer y a juicio de los antropólogos que los han estudiado presentan una serie de problemas nutricionales y enfermedades que hacen pensar en una población altamente estresada. Una de las hipótesis es por el avance de las poblaciones agroalfareras de Chiloé sobre los canoeros de la región”.

El especialista analizará la genética de esta población utilizando el material óseo almacenado en la Facultad de Ciencias Sociales de la U. de Chile y en el Instituto de la Patagonia y el Museo Antropológico Martín Gusinde.

“Sobre los chono se sabe poco ya que habitaron una zona muy compleja en términos geográficos y su desarrollo cultural no dejó, como otros grupos prehispánicos, cerámicas o productos textiles que sirvieran como fuente de información. Más bien sus costumbres se conocen por las descripciones subjetivas que hicieron cronistas de la época, antes de que se extinguieran hacia fines del siglo XVIII”, explica Moraga.

Investigación

Durante la investigación, los antropólogos físicos encabezados por el académico de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile, Eugenio Aspillaga, aplicarán técnicas modernas de antropometría y morfometría geométrica y así determinar estatura, estado nutricional, morfología craneana y enfermedades de este grupo.

“Explicaremos si hubo o no mestizajes y los cambios en el patrón de morbilidad que explique la extinción. Hay descripciones generales respecto de su salud. Darwin, por ejemplo, hace referencia a problemas de tipo vasculares en las piernas, lesiones varicosas que atribuyó a los cambios bruscos de temperatura porque pasaban del calor de la fogata a bucear en agua fría y las bajas temperaturas del medio ambiente también”, dijo Aspillaga.

También se sabe que tienen alteraciones dentales que dan cuenta del consumo de mariscos y productos del mar principalmente. En sus esqueletos también existen indicadores que demuestran la importancia del uso de las embarcaciones en sus vidas, señaló el antropólogo.

Moraga por su parte, extraerá y amplificará DNA mitocondrial de los huesos (que informa sobre el linaje materno) para conocer las posibles vinculaciones entre los chono y las poblaciones instaladas al norte del archipiélago que lleva su nombre, donde se ubican los huilliches de Chiloé, y quienes están al sur de este conjunto de islas, donde históricamente se ubicaron los kawésqar.

Los primeros resultados del análisis de DNA se podrían conocer recién a mediados del próximo año. “Primero tenemos que reanalizar los restos con las herramientas clásicas de la antropología física y aumentar los fechados radiocarbónicos, para decidir cuáles materiales incluimos en el estudio molecular. Esa parte estará a cargo de uno de los coinvestigadores del proyecto, el profesor Eugenio Aspillaga. Probablemente los primeros resultados para DNA mitocondrial los tengamos en junio o julio de este año, pero para poder contestar las preguntas respecto a la identidad genética de los chono necesitamos tener información para un número elevado de individuos. Muy probablemente a mediados del 2011 tengamos una primera visión de la estructura genética de esta etnia extinta”, dijo Moraga.

Para desarrollar su investigación, los científicos también harán trabajo en terreno en los canales del sur del país.

Trabajo en terreno

El proyecto también contempla una excavación arqueológica en la isla Traiguén. La idea es encontrar una relación entre las osamentas y el contexto ambiental en el que habitaron los chono, para conocer con más certeza la estructura de su población y promover la identidad cultural de los descendientes de los pueblos nómades canoeros mediante un soporte biológico.

“Muchos de estos grupos siguen desplazándose en los canales del sur y producto de la ocurrencia de flujo génico con inmigrantes recientes van perdiendo sus características fenotípicas así como su identidad cultural. De ahí que sea tan importante el trabajo mancomunado a nivel molecular, arqueológico y antropológico”, dijo Moraga.

Según él, se sabe que en esta isla hay presencia de conchales y restos de entierros humanos de este pueblo. “La isla es parte de un programa de prospección que pretende identificar ocupaciones culturales e inhumaciones indígenas con el fin de conocer más de la forma de vida y las prácticas culturales de los grupos de cazadores recolectores marinos”.

El equipo que realizará el trabajo en terreno está formado por especialistas en bioantropología, fauna y lítica a cargo del otro coinvestigador del proyecto, el arqueólogo Omar Reyes, investigador adjunto del Instituto de la Patagonia de la Universidad de Magallanes.

La dalca

Uno de los aspectos más distintivos es su habilidad para construir canoas con las que se movilizaban entre los canales del sur. Conocida como dalca, era similar a la que usaban los chumash en la actual California, Estados Unidos.

Según la descripción española, eran tres tablones de alerce o ciprés -que se angostaban por los extremos para hacer de popa y proa- cocidos con fibras vegetales de coligües. Podía medir hasta 11 metros de largo y trasladar hasta 25 personas.

Al centro de la embarcación ponían arena y sobre ella prendían fuego que nunca se apagaba y que servía para calefaccionar y cocinar los alimentos.

La destreza y tecnología que alcanzaron en la construcción de estas canoas puede ser producto de la propia evolución en la técnica o bien, a partir del contacto que tuvieron con otros pueblos canoeros. Para Aspillaga es difícil afirmar cuál es la teoría correcta.

Así se obtendrá el DNA

Para obtener el DNA mitocondrial, Mauricio Moraga usará una pequeña muestra de tejido óseo no mayor a una moneda de 10 pesos.

El trozo de hueso se disolverá en reactivos especiales y después de varios días de trabajo y complejos procedimientos de purificación se obtendrá una pequeña cantidad de DNA, principalmente mitocondrial.

Utilizando la técnica de reacción en cadena de la polimerasa (PCR) se amplifican cientos de millones de veces pequeños fragmentos del DNA mitocondrial.

Estos fragmentos se secuencian y se comparan para ver las diferencias que presentan entre ellos y con los obtenidos de DNA de otras poblaciones originarias.

Fuente: Diario La Nación. 30 de Abril de 2010.

Derretimiento de hielos revela secretos del pasado en Canadá



Toronto.- Los hielos que se están derritiendo en el Artico canadiense revelan secretos del pasado, entre ellos sobre ciertos hábitos de cazadores de renos de los últimos milenios que pasaron de la utilización de lanzas a los arcos y flechas.

El arqueólogo canadiense Tom Andrews, que con sus colegas del Centro Prince of Wales Northern Heritage pudo recoger numerosos restos en la zona de las montañas Mackenzie, documentó de qué manera los cazadores se adaptaban a los cambios.

Removido el hielo estratificado y los excrementos de caribúes, los investigadores ahora pueden recuperar flechas que se remontan a 2.400 años atrás y arcos de 800 años de antigüedad.

"Los utensilios son realmente asombrosos", dijo Tom Andrews, del Prince of Wales Northern Heritage Centre en Yellowknife y principal investigador del International Polar Year Ice Patch Study.

"Hay flechas de madera y puntas de flecha tan finas que uno no puede creer que alguien se sentase con una piedra y las hiciese", dijo el investigador en un comunicado.

Los biólogos involucrados en el proyecto también están examinando el estiércol aparecido bajo el hielo, en busca de restos de plantas, partes de insectos, polen y parásitos de caribúes.

Andrews comenzó su búsqueda en 2000, revisando imágenes de satélite de las montañas Mackenzie para localizar y examinar los parches de hielo después de que se descubriera una punta de flecha de 4300 años de antigüedad en la zona tres años antes.

"Nos damos cuenta de que los parches de hielo se siguen derritiendo y tenemos una obligación ética de reunir esos utensilios conforme van siendo expuestos", dijo.

"En un año o dos los artefactos habrían desaparecido", añadió.

Fuente: ANSA/AFP y Diario La Segunda. 27 de Abril de 2010.

martes, 6 de abril de 2010

El cementerio más antiguo de Chile (III)

Los vestigios de Tutuquén.


Lugar ceremonial tiene más de 10 mil años de antigüedad, según estudio de laboratorio estadounidense, y para cautelar dicho patrimonio, las autoridades estudian levantar un museo.

Tras conocer los resultados de un estudio encargado a expertos internacionales, el Gobierno Regional del Maule entregó su respaldo para la construcción del denominado “Museo de los Orígenes”, que será emplazado en el mismo sitio en que está el cementerio indígena descubierto hace dos años en la localidad de Tutuquén.

El sitio arqueológico es el cementerio más antiguo existente en el país, con una data estimada por el Laboratorio Beta Analytic de Estados Unidos en 10 mil 570 años, según dio a conocer el Consejo de Monumentos Nacionales del Maule al intendente del Maule, Alexis Sepúlveda Soto, y a la Gobernadora de Curicó, Gloria Rojas, durante la presentación de los resultados preliminares de la investigación a los restos humanos y culturales hallados al poniente de la ciudad de Curicó.

El arqueólogo y coordinador del organismo estatal, Nelson Gaete, destacó que el sitio es un espacio religioso y ceremonial usado por los primeros habitantes de la actual Región del Maule y, por tanto, debe ser mantenido y puesto en relieve ante la comunidad.

“El cementerio tiene que ser un memorial, un sitio que nos permita vincularnos con nuestros orígenes, con estos pueblos originaros en que parte de su sangre está en nuestra sangre”, subrayó el profesional.

“Sería un tremendo error para la región no cautelar el espacio físico en que hemos encontrado estos restos. Es un proyecto interesante y hermoso para la región que va a permitir cautelar nuestro patrimonio y nuestros orígenes para el conocimiento de las futuras generaciones”, puntualizó el intendente Sepúlveda mientras observaba los restos óseos.

Por su parte, la gobernadora Rojas manifestó que la decisión de construir un museo en el sitio del hallazgo “es un momento histórico” para los curicanos en particular y maulinos en general.

El proyecto

El diseño de la infraestructura costará unos 52 millones de pesos que serán financiados con recursos 2008 del Fondo de Desarrollo Regional. La construcción de unos 2 mil metros cuadrados se estaría iniciando el 2009.

Un lugar destacado tendrá una cripta a la vista del público, en el que serán preservados los restos humanos actualmente en investigación en el laboratorio que el Consejo de Monumentos Nacionales posee en la ciudad de Talca.

El edificio permitirá, además, conocer los estilos de vida de los antiguos habitantes maulinos de la costa, valle central y precordillera, gracias a que el museo recibirá todos los hallazgos arqueológicos existentes en la zona.

En el sitio arqueológico de Tutuquén los investigadores detectaron la ocupación de dos tipos de poblaciones, diferenciadas por la estructura ósea de los 42 restos levantados y los materiales culturales que los acompañaban en sus tumbas.

Los más antiguos corresponden al período arcaico-temprano, eran cazadores-recolectores, poseen el cráneo alargado (dolicocéfalo) y estaban acompañados por puntas de proyectiles. Se estima que vivieron en el lugar entre 5000 y 9000 años antes del presente.

Los más actuales corresponden al período alfarero-temprano, eran agricultores con el cráneo redondeado y sus tumbas contenían vasijas de arcilla. Se estima que este grupo vivió hace unos 2500 y 1000 años antes del presente.

Fuente: Diario La Nación. 18 de Diciembre de 2007.

El cementerio más antiguo de Chile (II)

Los trabajos de excavación en la zona.


Hace dos años la ampliación del retén de la zona de Tutuquén develaría uno de los hallazgos más importantes y significativos del último tiempo en la región. Se trata de un cementerio indígena, en el cual se encontraron los restos óseos de tres poblaciones diferentes de seres humanos, los primeros maulinos en habitar la zona.

Tras cumplir la primera etapa desde el descubrimiento, que contempló la excavación arqueológica del lugar y la evaluación del estado de conservación del sitio, todo el material arqueológico recolectado, correspondiente a los cuerpos de estos antiguos productores, recolectores y cazadores, fue enviado al laboratorio Beta analytic radiocarbon dating laboratory en Miami, EE.UU. para, de esta manera, determinar cuántos años estuvieron cubiertos por la tierra y el tiempo.

Cementerio más antiguo de Chile

El informe final de estos análisis fue dado a conocer el pasado martes 19 de diciembre, en una conferencia de prensa que reunió al intendente Alexis Sepúlveda, a la gobernadora de Curicó, Gloria Rojas y al coordinador regional del Consejo de monumentos nacionales, Nelson Gaete.

El resultado da por conclusión que los restos óseos encontrados en el sitio arqueológico de Tutuquén tienen una data de 10570 años, lo cual convierte a este lugar en uno de los cementerios arqueológicos y asentamiento humano más antiguos del territorio nacional. “La importancia que posee este yacimiento arqueológico es documentar en forma segura que el territorio regional se encontraba ocupado por población humana hace más de 10000, lo que la hace la más antigua de la región del Maule y, obviamente, uno de los sitios más antiguos del territorio nacional (…) Estamos frente a los restos de los primeros maulinos, una historia que obviamente no empieza en 1532, sino que bastante antes”, señaló Nelson Gaete, agregando que hoy en día no existen más de 10 sitios correspondientes al arcaico temprano, encontrados en el país.

El hallazgo de conchas, huesos de roedores y otros elementos junto a los cuerpos, permite concluir que esta población recorrió amplios territorios de la región, llegando hasta el litoral.

Museo de los orígenes

El intendente Alexis Sepúlveda señaló en la conferencia que el Gobierno Regional se encuentra estrechamente vinculado a este proyecto desde sus orígenes, cuando a través de la construcción del Retén los huesos de nuestros antepasados salieron a la luz, hasta su rescate, el cual fue posible gracias a los 30 millones de pesos aportados por Cultura, lo cual corresponde a un 2% de su presupuesto.

“Hace tres o cuatro meses que nos encontramos trabajando con gente vinculada al tema patrimonial en la necesidad de contar con un museo que recoja nuestro patrimonio en torno a nuestros orígenes, nuestra historia, etc. y ahora nos encontramos en la etapa de elaboración de la ficha para la construcción y equipamiento del Museo de los orígenes, que se va a instalar en esta misma localidad y va a mantener este cementerio in situ y además va a tener infraestructura que nos permitirá exponer esta parte de nuestra historia”, dijo la primera autoridad del Maule, quién además añadió que el diseño, equipamiento y construcción del museo será financiado con fondos 2008, con una inversión de 52 mil 700 millones de pesos, lo cual tiene una gran significación a nivel histórico y turístico para la provincia de Curicó.

Por su parte, la gobernadora de Curicó, Gloria Rojas, aseguró sentirse muy orgullosa de que Curicó sea cuna de los orígenes de nuestra zona: “Para mí es un momento histórico impresionante”.

Fuente: Diario El Maule. 20 de Diciembre de 2007.

El cementerio más antiguo de Chile (I)

Los vestigios de Tutuquén.


Un sorprendente hallazgo de un cementerio indígena que data de hace nueve mil años realizó un grupo de expertos en la zona norte de la Región del Maule.

Se trata de osamentas de hombres, mujeres y niños que se encuentran en muy buen estado de conservación, constituyéndose en el hallazgo arqueológico más importante de la zona centro-sur del país.

El buen estado de los restos se explicaría por la abundante presencia de cenizas, las que habrían formado parte de un antiguo rito mortuorio.

Junto a las osamentas se hallaron jarrones que conservan intacto su color, productos del mar como ostiones y collares. El arqueólogo a cargo de los trabajos de excavación, Nelson Gaete, explicó que se encontraron dos grupos humanos distintos. “Un primer grupo que ocupa el sitio para inhumar a sus muertos alrededor de siete mil a nueve mil años de antigüedad, que son poblaciones de cazadores arcaicos, y una segunda ocupación, miles de años después, de poblaciones alfareras, más o menos entre el 400 y el 800 después de Cristo”, dijo.

Sobre las características morfológicas, el arqueólogo Mario Enríquez explicó que “unos tienen un cráneo alargado que llamamos dolicocéfalos u dolicoides que son característicos de las poblaciones arcaicas de siete mil, nueve mil años atrás”. Agregó que también hay “cráneos más redondeados, braquicéfalos, que son característicos de las poblaciones alfareras y poblaciones modernas como nosotros”.

Según el experto, estas dos agrupaciones humanas representan las dos oleadas migratorias que poblaron la zona central del país.

Estos primeros maulinos serán llevados ahora a peritajes de laboratorio, junto a otros restos hallados en el sector llamado Tutuquén, sitio donde se construye un cuartel de Carabineros.

Sin embargo, ya no hay recursos para seguir con los trabajos, por lo que el equipo de arqueólogos teme que se pierda para siempre un importante hallazgo como este.

Fuente: Radio Universidad de Chile. 15 de Noviembre de 2005.

lunes, 1 de febrero de 2010

Viaje a la Ciudad de los Césares


Durante los últimos cuatro siglos, conquistadores españoles, frailes, profesores, marinos, nazis esotéricos, montañistas y ufólogos han buscado la Ciudad de los Césares en un remoto punto de la Patagonia chilena. Fuimos al valle de Vodudahue atraídos por el mito del oro y la inmortalidad. Esto fue lo que encontramos.


Después de muchas horas de viaje en avión, en bus, mortificaciones, oleaje, temporales de terror y dificultades varias, salto por fin de un pequeño barco y pongo pie en el verde valle de Vodudahue al encuentro de Jaime Rehbein, el último porfiado colono que corta por la mitad las inmensas tierras de Tompkins, y le suelto de sopetón:

–¿Ha visto la Ciudad de los Césares?

Me mira como a un trastornado. Pero a su vez, es como si le pusieran play a su no tan viejo (43 años) grabador de recuerdos.

–Ja, ja. ¡Sabía que algo así lo traía por aquí! Nadie viene acá sin una causa.

Es que a Vodudahue, aunque se parece al bello paisaje del film Secretos de la montaña, no llegan turistas. Está apenas a cien kilómetros al sur de Puerto Montt y es uno de los puntos más angostos de Chile: 48 kilómetros desde el mar hasta la frontera, pero es también uno de los más inaccesibles. Para entrar hay que atravesar el fiordo Comau, un angosto canal marítimo con cumbres que caen a pique al mar como iglesias góticas. Nada se puede construir en sus orillas: ni casas, ni caminos. Lo poco que hay cuelga de peñascos. Pinochet soñó alguna vez construir un puente gigante para cruzarlo y dar continuidad a la Carretera Austral, pero fue imposible. Los transbordadores pasan frente a la entrada del canal y los turistas sólo ven el estrecho callejón, amenazante y oscuro. Sesenta kilómetros al fondo, unos cuernos nevados, coronados de nubes, parecen el lugar ideal para un castillo de Drácula. Lo peor es que algunos creen verlo.

Y no se trata precisamente de la casa de Douglas Tompkins, el actual dueño de todo el fiordo. Sino de “algo” indescriptible que desde 1619 hasta ahora ha movido a decenas de expedicionarios, soldados españoles, frailes, jesuitas, profesores, marinos alemanes, nazis esotéricos, ufólogos y místicos tipo Elqui a buscar en ese pequeño y escondido punto de la inmensa Patagonia el viejo mito de la Ciudad de los Césares: la ciudad repleta de oro donde se supone que se establecieron incas prófugos de los españoles que tendrían el secreto de la inmortalidad.

–Lo que me pregunto –dice Rehbein por fin– es ¿por qué justamente acá? ¿En este puntito de toda la Patagonia?

Pensé que él tendría la respuesta. Una docena de crónicas de los conquistadores, la primera de Francisco César, en 1521 –quizás de ahí el nombre–, fue armando el mito de una ciudad oculta en un valle de altura, flanqueado por una triple cascada, al que se llega por una lengua de mar que atraviesa la cordillera. Cien años después creyeron encontrar el lugar en Palena.

En 1619, en busca de la ciudad por orden de la Corona, el capitán español Diego Flores descubrió el fiordo Comau, que casi cruza la cordillera. Y el río Vodudahue, que es navegable catorce kilómetros hacia el interior y llega casi al límite con Argentina. Creyó que era el paso transoceánico del mito. Desde su relato, la búsqueda se centró en el Comau y el Vodudahue.

–Y las tres cascadas también existen acá– continúa Rehbein.

Miden como noventa metros de altura. Las descubrió en su cuarto viaje, en 1785, fray Francisco Menéndez (rector del Seminario Jesuita de Castro, quien murió a manos de los tehuelches buscando la ciudad). Hizo dos cruces con troncos de alerce para indicarlas. Todavía se pueden ver allá arriba. He ido dos veces.

¡Yupi! –pienso–. Ya vamos concretando.

Supuestamente, dicen las crónicas, las cúpulas y los techos de la ciudad serían de oro y plata macizos. Con una gigantesca campana que, de llegar a ser tañida, se escucharía en el mundo entero. Y sobre quienes llegan a encontrar la ciudad cae el olvido de lo vivido: “Aún cuando la ande pisando, ningún viajero la hallará jamás, porque una densa bruma la hace invisible a los ojos extraños” se lee en la Relación sobre el descubrimiento de la Ciudad de los Césares, de Nicolás Mascardi, de 1650, también devuelto finado por los tehuelches de la pampa.

En las 45 noches despejadas que registra Vodudahue como promedio anual, muchos han creído ver luces espectrales. Fenómenos celestes inexplicables. Dicen haber escuchado campanas ensordecedoras. Tambores tribales. O haber vivido situaciones extrañas que cambiaron sus vidas para siempre. Testimonios desde 1600 hasta hoy. ¿Por qué ahí?

–¡No sé...! –dice Rehbein. ¿Pensaba que yo tenía la respuesta?

El último colono

Jaime Rehbein vive todo el año en Vodudahue. Sus 480 hectáreas cortan la entrada a las tierras de Tompkins como una cuña triangular, precisamente ahí donde el valle se interna en las escarpadas montañas. Otros tres parientes de Jaime son dueños de pequeños predios junto al río; su cuñado Oscar Barril, su primo Alejandro y su propio hermano, Luis Rehbein. Vienen por épocas a parcelas junto al río.

El denso río Vodudahue se desenrolla desde las cumbres como una serpiente verde hasta el mar. En su orilla hay pequeñas praderas. A doce kilómetros de allí, en Riñihue, Douglas Tompkins instaló su casa personal, donde vive con Kris McDivitt. A tres mil pesos la hectárea, Tompkins compró las 90 mil de los fundos Vodudahue, Porvenir y La Horqueta, que llegan desde el mar hasta el mismísimo límite con Argentina. Se suman a otras 300 mil hectáreas que cortan en dos la Patagonia. Una mancha de tierra continua, si no fuera por el colono porfiado que se niega a vender.

Se las vendería –dice Jaime Rehbein–. Pero en 2,5 millones de dólares. El multimillonario lo encuentra caro. Pero las 480 hectáreas del colono son claves para Tompkins, porque están justo a la entrada del mágico cajón. Así que están en un tira y afloja de años. Hace dos, Rehbein empezó a ver un helicóptero que se internaba en febrero en la cordillera, día tras día. Pensó : “Oh, no, de nuevo vienen por lo mismo”. Se sentó a esperar, como esos viejos del Oeste en su mecedora, a que llegaran a preguntarle la misma idiotez sobre la Ciudad de los Césares, como hago yo ahora. Pero luego supo de qué se trataba.

–Era el helicóptero del crucero Atmosphere, que lleva multimillonarios a pescar con mosca y a esquiar a los altos del Vodudahue (tierras de Tompkins) por tres mil dólares el día. Un helicóptero rojo.

Rehbein piensa que es gracioso que lleguen los hombres más ricos del mundo –así ha dicho el propietario del buque, Andrés Ergas, que son sus clientes– al lugar donde todos buscan una inmensa fortuna en oro.

–Los césares son ellos– dice Rehbein.

El colono no es un místico, ni un ermitaño. A lo más es un contemplativo que puede pasar horas meditando bajo la colosal pared de granito frente a su casa. Es un agricultor culto, centrado, solitario, informado, que votó por Piñera, aunque no niega los avances de la Concertación.

–Ha visto algo raro. ¿Alguna luz, alguna nave, vestigios, signos..?– le insisto.

–Uh… De nuevo con lo mismo. Salgamos a la terraza, mejor–dice.

La noche está estrellada. En Vodudahue llueve a baldazos 320 días del año, aunque las noches de verano son cálidas y templadas. Casi celebran cuando ven la luna.

–Ewalt Rehbein, mi padre –suelta de pronto Jaime en la oscuridad– me contó que una vez escuchó campanadas al interior del valle, en 1935. También casi lo pica el bichito del mito: con otros alemanes construyó a pala una senda para explorar el interior. Les faltaron doce kilómetros de selva para llegar al límite con Argentina.

Poco tiempo después, en 1947, Miguel Serrano, el escritor y líder nazi, recorrió la zona. Ferviente creyente de la Ciudad de los Césares, relató su búsqueda en el capítulo “Quién me llama en los hielos” del libro Por mar y tierra. Cerca de Vodudahue creyó encontrar vestigios idiomáticos tallados sobre rocas, apenas unas marcas extrañas, que serían de una raza pura originaria de América. Sus delirantes visiones insuflaron nuevos aires a una cantidad de feligreses suyos que han continuado hasta hoy una búsqueda más bien poética.

En 1984, el montañista y primer hombre en cruzar longitudinalmente Campos de Hielo, el francés Marc Roqueferre, atravesó los valles superiores del Vodudahue siguiendo los relatos de los primeros exploradores de la Ciudad. En 1988 Ricardo Astorga realizó dos exploraciones río arriba en busca de alguna energía mística. En los 90, un grupo de diez profesores argentinos estuvo a punto de morir cruzando desde Argentina en busca de algún vestigio. No encontraron nada, pero redescubrieron la triple cascada que vio fray Menéndez. En 1999, Mauricio Purto escaló las montañas y grabó un capítulo sobre la infructuosa búsqueda de la Ciudad de los Césares en su programa Cumbres de Chile. Un grupo neonazi argentino llamado Delphos exploró también el valle andino el año 2000 siguiendo el mito. Sumando los viajes que ha hecho toda una gama de esotéricos, ufólogos y anticristos que no dejaron firma, las exploraciones hacia el misterioso Vodudahue superan la docena. Pero como ocurre siempre con lo inasible, cuando se busca con más empeño, menos se encuentra.

Los viajes de Pablo

Pablo es un apóstol de apellido Oyarzún. Predica el cuidado del medio ambiente, la naturaleza y es un pequeño empresario de áreas verdes en la Décima Región. Hace quince años exploró el Vodudahue a punta de machete hasta la alta montaña en busca de depósitos subterráneos de agua y construyó el primer mapa para Douglas Tompkins, cuando el estadounidense compró las 90 mil hectáreas del valle en 1994.

–¿Tompkins también buscó la Ciudad de los Cesares?

–No estoy seguro. El gringo era tan hermético… Pero Tompkins se obsesionó con el Vodudahue –dice Pablo ahora, que por primera vez habla de su ex patrón– gastó en esas tierras cuatro veces lo que invirtió en los otros fundos: un esfuerzo gigante.

Vodudahue estaba abandonado. La selva había borrado las huellas de los colonos alemanes que explotaron la madera a comienzos del siglo XX.

Oyarzún llegó con 25 años en el verano de 1993-94, recién salido de la escuela agrícola Adolfo Matthei, de Osorno, a aplicar la ecología profunda de Mr Douglas con un ejército de treinta trabajadores, dos barcazas, motosierras y bulldozers, aplanadoras y retroexcavadoras, para abrir sendas y praderas hacia el interior del río Vodudahue. Despejó a fuerza bruta el bosque nativo e hizo lo que hoy son praderas como de campo de golf donde el empresario tiene sus casas privadas.

Oyarzún, un tipo escéptico y racional, confiesa que recibió la orden de Tompkins de explorar el interior de las montañas bajo un extraño contrato: “Todo hallazgo mineral, arqueológico o de algún otro tipo, sería propiedad del mandante de la expedición”.

Entre 1994 y 1997 hizo tres viajes de semanas, brújula en mano, hacia los valles cordilleranos. Junto a Carabineros de frontera; con Jaime Rehbein y también solo, acompañado únicamente de Mota, su perro. “Era joven e inocente, estaba en mi elemento, así que no me pregunté mayormente por qué el empeño del gringo en explorar el Vodudahue tan a fondo. En puro comprar las primeras fotos satelitales se gastó una millonada”. Una noche de exploración, en medio de los inmensos picos nevados, ocurrió.

El cielo estaba claro, pero nublado. El perro se escondió horrorizado. En la montaña de enfrente, a tres kilómetros de distancia, de pronto…

Su mujer, Carolina Gallardo, lo para en seco:

–¡No sigas! No le cuentes a nadie.

Qué diablos.

–Vi un gigantesco tubo que se elevó hasta las nubes y desapareció.
Una cosa rarísima, bien podría ser una nave, no sé.

Tiempo después sucedieron una seguidilla de cosas extrañas que no quiere detallar. Vio luces en el cielo, oyó ruidos. Tras una noche de pesadilla, aunque él y su mujer eran una pareja diagnosticadamente infértil, concibieron en Vodudahue al primero
de tres hijos.

–Era tanta nuestra alegría que hicimos una cena para anunciarle a Doug y Kris que Carolina estaba embarazada. Pero a Tompkins se le descompuso la cara. Me dijo: “¡Me has traicionado! ¡Tenía otros planes para ti!”. Estaba como loco. Kris trataba de calmarlo. Nunca supe qué le pasó, ni qué planes tenía.

¿Me despidió por tener un hijo? ¿Iba contra su filosofía de la sobrepoblación mundial? Nunca lo supe. Como sea, Joaquín –su hijo–, fue lo mejor y lo único que nos trajimos de Vodudahue.

–Sólo de vez en cuando recuerdo esa etapa y me miro en el espejo –dice Pablo– para ver si tengo alguna cicatriz de abducido o algo por el estilo. Ja, ja.

–Y Joaquín, ¿tiene algo especial?

–Claro, un talento genial para la pelota. ¡De otro planeta!

El encuentro con el piloto

Buscando historias sobre el Vodudahue, antes de partir al valle, seguí muchas pistas falsas hasta dar con una persona en Puerto Montt. Un constructor civil y piloto amateur de 58 años. Lo guié hasta un café y le solté a bocajarro que sabía lo que había
visto en Vodudahue. Palideció.

En enero del año 86 practicaba vuelo sobre la zona de los fiordos con dos amigos. En un momento, los instrumentos de la avioneta enloquecieron.

–¡Hasta el reloj de la bencina!

Durante un minuto. Miramos hacia abajo y vimos una enorme construcción cúbica que resplandecía en un altiplano y se fundía con la nieve. Dieron varias vueltas e identificaron las coordenadas en un mapa. En febrero, con mejor clima, volvieron por tierra.

–Fue un viaje penoso. Cerros escarpados. Verticales. Nos abrimos paso con machete. En tres días estábamos muy cerca de las coordenadas.

Al hombre se le quebró la voz.

–Vimos una enorme construcción. Gigante. Del tamaño de varias canchas de fútbol. Nada conocido. Cúbica. Lisa. De pronto, el cerro donde estaba se abrió y la construcción desapareció. Dijo que casi fueron tragados en un sismo junto a la mole y que los tres salvaron su vida de milagro. Pero algo más les ocurrió.

Algo que lo atraganta; no pudo continuar.

–Nos juramos que nunca contaríamos lo que nos pasó. Sólo eso puedo decir.

–¿Algo malo?

–No, no. Algo muy raro, demasiado para ser contado.

Le mostré un mapa pero no quiso verlo. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Y eso que la cuenta la pagué yo. Nos despedimos y se perdió en Puerto Montt. En Vodudahue le cuento estos testimonios a Jaime Rehbein a ver si le exprimo algo más.

–He oído cosas parecidas –me dice–. Una vez a mi hermano y a mí nos siguió desde el cielo una luz en el camino, por el valle, sólo eso. He estado años acá y nunca he visto algo extraño. Acá
abajo (en el valle), nunca.

De regreso a la civilización, acodado en la borda del barquito como un viejo marino, siento el bamboleo del mar como una mano que se despide de un viaje pésimo. No encontré nada. No vi nada. Me duermo viendo alejarse los colosales muros escarpados. Más tarde suena la sirena y despierto con un intenso presentimiento: volveré.

Por Robero Farias.

Fuente: Revisa Paula. 23 de Diciembre de 2009.